martes, 13 de septiembre de 2011

¡TODOS A LA CALLE!

Los lectores más imberbes, habituados a ver la basura que se hace hoy bajada de Internet mientras chatean o se mandan guasaps, pensarán de mí que soy un viejo chocho y un reaccionario ajado y amortajado, y tendrán razón en lo segundo, pero no en lo primero (no me gustan los ajos). Seguramente me insulten y quieran escupirme (adelante, me gusta), pero no por ello voy a privarme de ver y rever grandes obras maestras de hace 70 u 80 años. Es el caso de "La calle", de King Vidor. La he vuelto a ver hoy por primera vez desde que la vi en su estreno, allá por 1931 (acababa yo de terminar la Universidad y me ganaba la vida vendiendo mis fluídos por las calles de New Jersey) y he vuelto a quedarme ojiplático.



Basada en la obra de teatro de Elmer Rice, esta historia de vecinos y vecinas en un edificio del Nueva York de la época, con sus chismorreos, sus conflictos raciales (el judío enamorado de una gentil), sus infidelidades y sus crímenes pasionales es de una modernidad asombrosa, no sólo por los temas que trata, sino también por la técnica de filmación, donde Vidor pone la cámara donde le sale de los perendengues (con gran acierto) para contarnos lo que pasa en cada uno de los pisos como si de un 13 Rue del Percebe de los años 30 se tratara. La naturalidad de los diálogos, lo expresivo de las imágenes, lo impactante del desenlace y esa mezcla de realismo y espectáculo teatral con algo del cine soviético de aquellos maravillosos años (no teman, no es un coñazo como "El acorazado Potemkin"), hacen de esta una joyita a recuperar. Y por si esto fuera poco, dura 80 maravillosos minutos, cosa que a estas edades mi vejiga agradece.

La emotividad de la película tiene mucho que ver con el buen trabajo de Alfred Newman, que como gran maestro que es plagia la Rapsodia en Blue de Gershwin con un par de cojones toreros para disfrute del oído más exigente. Y no contento con esto, emplea el mismo tema en "Cómo casarse con un millonario" y otras decenas de títulos. ¡Para que luego digan de los músicos de ahora!



En fin, lampiños lectores míos. Háganme caso y vean "La calle" de King Vidor. Descubrirán que el cine y todo lo que es capaz de ofrecer ya estaba inventado solo cuatro años después de que fuera sonoro.

El Sr. Criticón.

domingo, 4 de septiembre de 2011

COWBOYS Y ALIENS. MEZCLADOS, AGITADOS Y ALGO POCHOS





Ir a ver una película que mezcla cowboys y aliens ya acojona lo suyo. Y eso que soy fan de los dos géneros. También me hacía gracia ver a Harrison Ford midiéndose en pantalla con el último James Bond, sobre todo teniendo en cuenta lo bien que le fue con el primero en Indiana Jones y la Última Cruzada. Con todo esto en mente, decido atrincherarme en la sala con un combo de palomitas y cocacola, rezar un padrenuestro y dejarme en manos del proyeccionista. Ya al principio, con sólo ver en los títulos iniciales que el guión lo firman seis personas, me llevo las manos a la cabeza y me temo lo peor. Y lo peor sucede.


La cosa empieza bien. Daniel Craig aparece solo y desmemoriado en un pueblo minero del salvaje oeste. Su personaje parece una mezcla de Jason Bourne y El Jinete Pálido: no recuerda nada, pero se las pinta solo para repartir hostias en defensa propia y ajena. Ronda por ahí una mujer bella y enigmática que parece conocer el pasado del protagonista. Harrison Ford es un cacique local con un hijo consentido bastante cabroncete. Y hay un pobre hombre que trabaja en el saloon y que es objeto de la burla y la ira de este. Me retrepo en la butaca. ¡Ya tenemos western bonito y entretenido, como los de antaño!


Pues no. A estas alturas de la película (apenas 15 minutos) ya se me ha olvidado que la cosa va de aliens. Y entonces una escena tan ridícula como aburrida en la que media docena de naves espaciales caza a los lugareños a lazo como si los cowboys fueran los aliens y no los cowboys, se carga toda la premisa argumental y convierte la historia en un sinsentido en el que ninguno de los personajes (no solo el interpretado por Craig) sabe qué cojones pinta ahí.

La mezcla de géneros no funciona. El conflicto entre los personajes, unidos todos como lelos contra la inverosímil amenaza exterior, se diluye. La motivación de los extraterrestres es tan absurda y peregrina como feo su diseño. Y, pasado el mosqueillo inicial, los cowboys parecen aceptar la presencia de naves y alienígenas con tanta naturalidad como si fueran vencejos silvestres. Luego llegan los indios, los antiguos colegas del prota y todos se unen contra los aliens.


Pim, pam, pum. Nos quitamos de en medio a los personajes que sobran del modo más chusco posible. Más pim, pam, pum. Se acabó la película.


Seis guionistas. Una mierda.


Calificación: 2/10

jueves, 30 de diciembre de 2010

UN AÑO PUTREFACTO DE CINE REGULARCILLO

Acaba un año que el sentir popular no termina de ponerse de acuerdo en definir. Algunos lo califican de “apestoso”, otros de “infame”, y la inmensa mayoría lo borraría del almanaque. En materia cinematográfica (que es la que a nosotros nos interesa), ha habido, como siempre, de todo un poco. Motivos para aplaudir, para bostezar y para quemar butacas. A veces, hasta con los espectadores sentados.

¿Quieren pruebas? Pues lean:

A principios de este nefasto 2011, los hermanos Coen nos martirizaban con sus orígenes judíos en la tediosa Un tipo serio, de la que se salva un magnífico prólogo a años luz del resto del metraje. Por esas mismas fechas, Michael Haneke triunfaba con la sobrecogedora La cinta blanca y Guy Ritchie nos sorprendía con un Sherlock Holmes la mar de entretenido y relativamente bien revisado. George Clooney hacía de galán pendenciero con arco de transformación interesante en la recomendable Up in the air, mientras Penélope Cruz y su absurda nominación nos tomaban el pelo desde los escenarios de Nine. Un Eastwood templado, el de Invictus, nos recordaba que aún hay maestros que pueden hacer películas que, aunque modestas, dan sopas con onda a las grandes superproducciones. Y, paralelamente, grandes maestros del pasado como Martín Scorsese, exhibían su histrionismo en la exageradísima adaptación de Shutter Island de Dennis Lehane. Pufff...

Sorpresitas agradables hemos tenido unas cuantas: An education (deliciosa desde el principio pese a sus múltiples y perdonables “peros”), Fish tank (tiembla, Ken Loach), Soul Kitchen (o American Pie a la turca con muchísimo mejor gusto), Two lovers (algo fría, pero absorbente) o la durísima y griega Canino.

Interesantes también fueron La vida privada de Pippa Lee o la agridulce y excesivamente conservadora Madres e hijas. Películas que es mejor ver que no ver, pero que si no se ven tampoco pasa nada. No es el caso de Las vidas posibles de Mr. Nobody, película rara (pero rara, rara, rara) de obligado visionado que, pese a sus excesos y su ambigua tendencia a la ciencia-ficción , dejó poso a este viejo cinéfago.

Otras cintas destacables son Corazón rebelde, con la que por fin Jeff Bridges consiguió el merecido Oscar; El escritor, sólido y entretenido thriller del nunca suficientemente valorado Roman Polanski; el excelente, divertido y falso documental Exit through the gift shop, o la eficaz (aunque no precisamente original) Buried.

Decepciones hemos tenido también unas cuantas. Largamente esperadas eran las películas de Woody Allen Conocerás al hombre de tus sueños y de Christopher Nolan Origen. La primera es un más de lo mismo mezclado con un quiero y no puedo. Y la segunda, si bien fascina y apabulla en su primer visionado, se diluye en la memoria a medida que nos alejamos del cine. Otra que esperamos ansiosamente, vimos con agrado y olvidamos de inmediato fue la adaptación burtoniana de Alicia en el País de las Maravillas. Ni chicha ni limoná, pero ahí queda. Y lo mismo podemos decir del Robin Hood de Ridley Scott, con la salvedad de que esa no la esperábamos ninguno.

Salvajadas divertidas de ayer y hoy ha habido unas cuantas. Machete de Robert Rodríguez nos removió las entrañas (las ajenas) y lo peor es que amenaza con secuela. En Los mercenarios nos reencontramos con todos esos cachas de los ochenta y los noventa que hicieron nuestras delicias más bestiajas. Por su parte, Kick-Ass fue todo un descubrimiento para gozar de principio a fin. Para este viejo crítico pasado de todo, una de las grandes del 2010.

En el panorama nacional hay que destacar la divertida y nostálgica biografía que hace Óscar Aibar en El gran Vázquez, la diminuta Amador de Fernando León de Aranoa (de la que algunos esperábamos más), y la descafeinada aunque bien ambientada e interpretada Lope. El bochorno absoluto queda íntegramente reservado, cómo no, a Julio Médem y su Habitación en Roma, donde el desnudo femenino por partida doble intenta suplir una vaciedad total cargadita de diálogos supuestamente naturales a la vez que sesudos, y que ni una cosa ni otra. Aunque ¿quién se sorprende a estas alturas?

Por lo demás, Alejandro González Iñárritu desborda buenas intenciones en la desigual y algo dilatada Biutiful, con un Bardem inmenso que epiloga (¡qué palabra tan bonita!) esa patochada seudo-iniciática y niu eich llamada Come, reza, ama. Abbas Kiarostami nos volvió a aburrir como sólo él sabe hacer con su Copia certificada; y lo mismo hizo Steven Soderbergh con The girlfriend experience (una película que ofrece poco y da menos); Giuseppe Tornatore y su Baaría demuestran que Cinema Paradiso fue un accidente maravilloso e irrepetible; Mel Gibson se convierte en carne de telefilm en la sosísima Al límite; Mi nombre es Khan lleva el drama y la fábula a Bollywood (o al revés) con un mucho ruido y pocas nueces. Peter Jackson se desintoxicó de señores y anillos con la adaptación del bestseller de Alice Sebold The lovely bones; y de Un hombre soltero no recuerdo más que el cartel, así que imaginen lo que me marcó.

Y luego hay una película como las de antes: con un guión clásico, con buenos y malos, con las dosis justas de drama, comedia, acción y sentimentalismo. Sorprendentemente, esta joya maravillosa y emotiva es la tercera parte de una saga que revolucionó el cine de animación y que procede de los únicos estudios cinematográficos que, a día de hoy, nos recuerdan lo mágico y maravilloso que es ir al cine. Hablo de los estudios Pixar y de Toy story 3. Para muchos, la mejor película del año. Y para mí, viendo lo visto, pues también.

Evidentemente, no están todas las que son, pero juro por el tercer hermano Lumiere (que aún sigue dándose cabezazos contra el mostrador de la gestoría que prefirió fundar en vez de asociarse a Auguste y Louis) que son todas las que están.

Hale, que disfruten de las uvas... y recen porque el 2011 nos traiga esa película con la que todos soñamos y nadie ha tenido redaños de hacer todavía.

domingo, 10 de enero de 2010

AVATAR... O CÓMO (NO) CAMBIAR EL CINE DEJÁNDONOS A TODOS CIEGOS.


Sesión de diez de la noche. El vestíbulo repleto. Todos con cubo de palomitas, cocacola extragrande y las gafitas dentro de un envoltorio de plástico. Rango de edades: entre los 20 y los 110 años, predominando los jóvenes de 40 y 50.

Se apagan las luces. Todos se ponen las gafas. La sala parece el anfiteatro de la ONCE. Y empieza AVATAR.

A mí James Cameron me gusta sin volverme loco. Su Terminator sigue siendo un ejemplo perfecto de cómo hacer buen cine de acción con un guión sólido y cuatro duros. La secuela inauguró la revolución digital, y el guión (algo más acaramelado) mantenía las formas. Aliens es la de Dios, y a ella se remite mi mente durante varios momentos de AVATAR. Mentiras arriesgadas nos enseña cómo hacer una comedia de acción resultona con una Jaimie Lee Curtis de antología. Abbys prefero olvidarla. Y Titanic ya es historia.

Ahora, tras años de silencio, Cameron irrumpe en el panorama social y cultural para advertirnos de que con su nueva película se nos van a caer los palos del sombrajo. Que nunca se ha visto nada igual, que han hecho falta casi veinte años para conseguir la tecnología necesaria para realizarla, que tal y pascual.

Yo flipo mucho durante los primeros minutos de AVATAR, aunque las gafitas no me acaban de convencer. Me emborronan y oscurecen la imagen, a veces no sé dónde tengo que mirar. Hay planos en los que me las quito y la película se ve mejor. Otros en los que la experiencia de estar allí, en ese mundo, con esos personajes, no puede estar más lograda. Pero acaba por darme dolor de cabeza y me pregunto por qué no habré ido a verla en el tradicional 2D que, a fin de cuentas, lleva funcionando desde los bisontes de Altamira.

Me ahorro comentar la ya consabida falta originalidad de un guión que reúne elementos de todo el cine habido y por haber: la ya mencionada Aliens, Bailando con lobos, Pocahontas... e incluso Ferngully, aquella cinta de dibujos ecológicos doblada en España por Ángel Garó. Debo decir que tras el flipe inicial, el segundo acto de la película me aburre soberanamente. Sólo la maravillosa sensación de estar pisando (y casi tocando) un entorno diferente, con esas medusillas flotantes y esas hojas de helecho que amenazan con saltarme un ojo, me mantiene pegado a la butaca.

Y entonces empiezan los tiros y la cosa se anima. ¡Y vaya si se anima! No importa que la estructura de la película cumpla punto por punto el trilladísimo "viaje del héroe", ni que después de la batalla venga el duelo entre el bueno y el malo. Ni que tengamos que padecer frases tan irrisorias como "Ven con papá" o "Sabría que dirías eso". El desenlace es puro espectáculo, y sólo por él volvería a ponerme las jodidas gafas. De hecho ahora mismo, mientras escucho la magnífica banda sonora de James Horner (dejemos a un lado la horrenda versión cantada del tema principal que suena en los créditos), sueño con regresar a Pandora.

En fin, que la película es mediocre. Pero la experiencia, única. Sólo espero que "esto" no sea el futuro del cine sino una mera curiosidad.

CALIFICACIÓN: 6/10

sábado, 9 de enero de 2010

UN TIPO SERIO... O LA APURADA GENIALIDAD DE LOS COEN


Terminamos década.

Sí, porque si recuerdan el cristo que se montó con el dichoso 2001, lo mismo cabe decir de 2010. ¡La nueva década empieza el año que viene! Que no sé cómo hay que decir las cosas.

Dicho esto dense todos por felicitados y de paso felicítenme a mí tras unas navidades recluido en mi mansión, tragándome en 35 milímetros (yo no tengo VHS ni esas cosas tan modernas) el habitual surtido de clásicos navideños. A saber: Qué bello es vivir, Juan Nadie, Milagro en la calle 34, El apartamento, Gremlins, Solo en casa (I y II), Arma Letal, La jungla de Cristal, Los fantasmas atacan al jefe... Todo con tal de no soportar la rancia sequía de títulos interesantes que tomó al asalto las pantallas durante estas entrañables fiestas a Dios gracias ya pasadas.

A falta de ver la hiperexitosa Avatar (voy esta noche, no sean impacientes) les comento la última de los hermanos Coen.

A mí los Coen me fascinan o me aburren. Y en ésta me pasa lo segundo.
La historia de un tipejo a quien la vida no le puede ir peor, sirve a los hermanos para hacer balance de los temas habituales de su cine tiñéndolo todo de una mordaz pátina de nostalgia al recordar sus orígenes en una comunidad judía del Medio Oeste.

Imaginen la sala de cine. A rebosar de porretas gafapasta que ríen cada "genial" línea de diálogo (incluso los silencios) para demostrar que son los fans más fans de los Coen y que a intelectuales y modernos no les gana nadie. Alguno hasta aplaudió al terminar la proyección. Y no porque se alegrara de que el metraje llegara a su fin (cosa que a otros sí nos ocurrió).

De Un tipo serio me irritan sus excentricidades, sus puntos de genialidad mal dosificados, sus idas de olla, su humor reiterativo, sus injustificados caprichos, su excesivo tufo prosionista... Me gustan otras cosas, como su principio y su final, pero todo lo de enmedio me aburre, me fastidia, me altera y me pone de mala leche. Y como a esta vida hemos venido a disfrutar, me niego a seguir hablando de esta película.


CALIFICACIÓN: 4/10 ¡Y no acepto sobornos!



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