miércoles, 28 de septiembre de 2011

martes, 27 de septiembre de 2011

LA DEUDA. THRILLER SÓLIDO A SACO PACO.




Ir a ver una película de John Madden es ir al cine con la mosca tras la oreja. Aun reconociendo las virtudes de “Shakespeare in love”, es esta una película que me deja más bien frío. Calentito en cambio, pero de cabreo e irritación, me deja ese espanto pseudorromántico titulado “La mandolina del capitán Corelli”. Las otras que ha hecho, la verdad, me la sudan bastante. Así que con esta excitante incertidumbre he ido a ver “La deuda”, película basada en una anterior dirigida por el israelí Assaf Berstein.


Pues oigan, no sé qué tal estará la original, pero esta es cojonuda.

Todo empieza con un comando del Mossad formado por tres personas (dos hombres y una mujer) cuya misión es localizar y capturar a un criminal nazi que se esconde en el Berlín Oriental a mediados de los sesenta. Pero las cosas no salen como ellos quieren y las consecuencias de su fracaso les perseguirán a lo largo de los años.

La película es un thriller de espionaje y acción de una intensidad bárbara, más cercana a las novelas de Frederick Forsyth o Robert Ludlum que a las de John LeCarré. El guionista no se anda con las ramas y nos hace saltar de secuencia en secuencia, manteniendo la tensión en todo momento, sorprendiendo e impactando sin dejar que la historia se le vaya de las manos. En ese sentido, “La deuda” es un brillante ejercicio de narrativa fílmica. El espectador nunca se pierde pese a la aparente complejidad de la trama (con saltos en el tiempo y todas esas cosas), y sabe perfectamente lo que ocurre y por qué los personajes hacen lo que hacen, algo que con frecuencia no ocurre en la vida real, donde cada vez tenemos comportamientos más absurdos. Figúrense que el otro día voy a comprar el pan y una señora delante de mí… Bueno, eso se lo cuento luego.

Toda la primera mitad es trepidante y no puede estar mejor contada. Desde el principio sabemos quiénes son esos personajes, qué conflicto hay entre ellos, a qué se enfrentan y cómo pretenden conseguirlo. Y Madden nos lo cuenta yendo al grano, intercalando esta información con breves escenas que nos muestran de qué va todo el lío, sin insultar nuestra inteligencia con largos diálogos expositivos como ocurre, por ejemplo, en “Pa negre” o la última de Indiana Jones.

Claro, en una película con dos hombres y una mujer es inevitable el romance a tres bandas, algo que, en mi opinión (que es infalible y absoluta, pero opinión al fin y al cabo) está algo metido a capón y lastra un poco la intensidad de la trama principal; lo mismo cabe decir de alguna secuencia que, en su afán por crear tensión, el director ha metido sin venir a cuento (me refiero, por ejemplo, a lo que ocurre en la redacción del periódico). También hay que tener en cuenta que es una película que funciona mejor como thriller de acción que como planteamiento moral, por más que la publicidad o la intención del director pretenda hacernos creer lo contrario.

Al margen de estos dos elementos, que entorpecen pero no se cargan una película ejemplar, el reparto se sustenta en una imponente Helen Mirren, un eficaz Tom Wilkinson, un inexpresivo Sam Worthington y ese gran descubrimiento llamado Jessica Chastain, que en sus pocos años de carrera ha demostrado ya una gran versatilidad al ser capaz de hacer películas tan entretenidas como esta y coñazos de tal magnitud como “El árbol de la vida” de Terrence Malick.

En fin, cinéfagos míos: una película casi redonda que no debería pasar desapercibida.

CALIFICACIÓN: 8/10

martes, 13 de septiembre de 2011

¡TODOS A LA CALLE!

Los lectores más imberbes, habituados a ver la basura que se hace hoy bajada de Internet mientras chatean o se mandan guasaps, pensarán de mí que soy un viejo chocho y un reaccionario ajado y amortajado, y tendrán razón en lo segundo, pero no en lo primero (no me gustan los ajos). Seguramente me insulten y quieran escupirme (adelante, me gusta), pero no por ello voy a privarme de ver y rever grandes obras maestras de hace 70 u 80 años. Es el caso de "La calle", de King Vidor. La he vuelto a ver hoy por primera vez desde que la vi en su estreno, allá por 1931 (acababa yo de terminar la Universidad y me ganaba la vida vendiendo mis fluídos por las calles de New Jersey) y he vuelto a quedarme ojiplático.



Basada en la obra de teatro de Elmer Rice, esta historia de vecinos y vecinas en un edificio del Nueva York de la época, con sus chismorreos, sus conflictos raciales (el judío enamorado de una gentil), sus infidelidades y sus crímenes pasionales es de una modernidad asombrosa, no sólo por los temas que trata, sino también por la técnica de filmación, donde Vidor pone la cámara donde le sale de los perendengues (con gran acierto) para contarnos lo que pasa en cada uno de los pisos como si de un 13 Rue del Percebe de los años 30 se tratara. La naturalidad de los diálogos, lo expresivo de las imágenes, lo impactante del desenlace y esa mezcla de realismo y espectáculo teatral con algo del cine soviético de aquellos maravillosos años (no teman, no es un coñazo como "El acorazado Potemkin"), hacen de esta una joyita a recuperar. Y por si esto fuera poco, dura 80 maravillosos minutos, cosa que a estas edades mi vejiga agradece.

La emotividad de la película tiene mucho que ver con el buen trabajo de Alfred Newman, que como gran maestro que es plagia la Rapsodia en Blue de Gershwin con un par de cojones toreros para disfrute del oído más exigente. Y no contento con esto, emplea el mismo tema en "Cómo casarse con un millonario" y otras decenas de títulos. ¡Para que luego digan de los músicos de ahora!



En fin, lampiños lectores míos. Háganme caso y vean "La calle" de King Vidor. Descubrirán que el cine y todo lo que es capaz de ofrecer ya estaba inventado solo cuatro años después de que fuera sonoro.

El Sr. Criticón.

domingo, 4 de septiembre de 2011

COWBOYS Y ALIENS. MEZCLADOS, AGITADOS Y ALGO POCHOS





Ir a ver una película que mezcla cowboys y aliens ya acojona lo suyo. Y eso que soy fan de los dos géneros. También me hacía gracia ver a Harrison Ford midiéndose en pantalla con el último James Bond, sobre todo teniendo en cuenta lo bien que le fue con el primero en Indiana Jones y la Última Cruzada. Con todo esto en mente, decido atrincherarme en la sala con un combo de palomitas y cocacola, rezar un padrenuestro y dejarme en manos del proyeccionista. Ya al principio, con sólo ver en los títulos iniciales que el guión lo firman seis personas, me llevo las manos a la cabeza y me temo lo peor. Y lo peor sucede.


La cosa empieza bien. Daniel Craig aparece solo y desmemoriado en un pueblo minero del salvaje oeste. Su personaje parece una mezcla de Jason Bourne y El Jinete Pálido: no recuerda nada, pero se las pinta solo para repartir hostias en defensa propia y ajena. Ronda por ahí una mujer bella y enigmática que parece conocer el pasado del protagonista. Harrison Ford es un cacique local con un hijo consentido bastante cabroncete. Y hay un pobre hombre que trabaja en el saloon y que es objeto de la burla y la ira de este. Me retrepo en la butaca. ¡Ya tenemos western bonito y entretenido, como los de antaño!


Pues no. A estas alturas de la película (apenas 15 minutos) ya se me ha olvidado que la cosa va de aliens. Y entonces una escena tan ridícula como aburrida en la que media docena de naves espaciales caza a los lugareños a lazo como si los cowboys fueran los aliens y no los cowboys, se carga toda la premisa argumental y convierte la historia en un sinsentido en el que ninguno de los personajes (no solo el interpretado por Craig) sabe qué cojones pinta ahí.

La mezcla de géneros no funciona. El conflicto entre los personajes, unidos todos como lelos contra la inverosímil amenaza exterior, se diluye. La motivación de los extraterrestres es tan absurda y peregrina como feo su diseño. Y, pasado el mosqueillo inicial, los cowboys parecen aceptar la presencia de naves y alienígenas con tanta naturalidad como si fueran vencejos silvestres. Luego llegan los indios, los antiguos colegas del prota y todos se unen contra los aliens.


Pim, pam, pum. Nos quitamos de en medio a los personajes que sobran del modo más chusco posible. Más pim, pam, pum. Se acabó la película.


Seis guionistas. Una mierda.


Calificación: 2/10

jueves, 30 de diciembre de 2010

UN AÑO PUTREFACTO DE CINE REGULARCILLO

Acaba un año que el sentir popular no termina de ponerse de acuerdo en definir. Algunos lo califican de “apestoso”, otros de “infame”, y la inmensa mayoría lo borraría del almanaque. En materia cinematográfica (que es la que a nosotros nos interesa), ha habido, como siempre, de todo un poco. Motivos para aplaudir, para bostezar y para quemar butacas. A veces, hasta con los espectadores sentados.

¿Quieren pruebas? Pues lean:

A principios de este nefasto 2011, los hermanos Coen nos martirizaban con sus orígenes judíos en la tediosa Un tipo serio, de la que se salva un magnífico prólogo a años luz del resto del metraje. Por esas mismas fechas, Michael Haneke triunfaba con la sobrecogedora La cinta blanca y Guy Ritchie nos sorprendía con un Sherlock Holmes la mar de entretenido y relativamente bien revisado. George Clooney hacía de galán pendenciero con arco de transformación interesante en la recomendable Up in the air, mientras Penélope Cruz y su absurda nominación nos tomaban el pelo desde los escenarios de Nine. Un Eastwood templado, el de Invictus, nos recordaba que aún hay maestros que pueden hacer películas que, aunque modestas, dan sopas con onda a las grandes superproducciones. Y, paralelamente, grandes maestros del pasado como Martín Scorsese, exhibían su histrionismo en la exageradísima adaptación de Shutter Island de Dennis Lehane. Pufff...

Sorpresitas agradables hemos tenido unas cuantas: An education (deliciosa desde el principio pese a sus múltiples y perdonables “peros”), Fish tank (tiembla, Ken Loach), Soul Kitchen (o American Pie a la turca con muchísimo mejor gusto), Two lovers (algo fría, pero absorbente) o la durísima y griega Canino.

Interesantes también fueron La vida privada de Pippa Lee o la agridulce y excesivamente conservadora Madres e hijas. Películas que es mejor ver que no ver, pero que si no se ven tampoco pasa nada. No es el caso de Las vidas posibles de Mr. Nobody, película rara (pero rara, rara, rara) de obligado visionado que, pese a sus excesos y su ambigua tendencia a la ciencia-ficción , dejó poso a este viejo cinéfago.

Otras cintas destacables son Corazón rebelde, con la que por fin Jeff Bridges consiguió el merecido Oscar; El escritor, sólido y entretenido thriller del nunca suficientemente valorado Roman Polanski; el excelente, divertido y falso documental Exit through the gift shop, o la eficaz (aunque no precisamente original) Buried.

Decepciones hemos tenido también unas cuantas. Largamente esperadas eran las películas de Woody Allen Conocerás al hombre de tus sueños y de Christopher Nolan Origen. La primera es un más de lo mismo mezclado con un quiero y no puedo. Y la segunda, si bien fascina y apabulla en su primer visionado, se diluye en la memoria a medida que nos alejamos del cine. Otra que esperamos ansiosamente, vimos con agrado y olvidamos de inmediato fue la adaptación burtoniana de Alicia en el País de las Maravillas. Ni chicha ni limoná, pero ahí queda. Y lo mismo podemos decir del Robin Hood de Ridley Scott, con la salvedad de que esa no la esperábamos ninguno.

Salvajadas divertidas de ayer y hoy ha habido unas cuantas. Machete de Robert Rodríguez nos removió las entrañas (las ajenas) y lo peor es que amenaza con secuela. En Los mercenarios nos reencontramos con todos esos cachas de los ochenta y los noventa que hicieron nuestras delicias más bestiajas. Por su parte, Kick-Ass fue todo un descubrimiento para gozar de principio a fin. Para este viejo crítico pasado de todo, una de las grandes del 2010.

En el panorama nacional hay que destacar la divertida y nostálgica biografía que hace Óscar Aibar en El gran Vázquez, la diminuta Amador de Fernando León de Aranoa (de la que algunos esperábamos más), y la descafeinada aunque bien ambientada e interpretada Lope. El bochorno absoluto queda íntegramente reservado, cómo no, a Julio Médem y su Habitación en Roma, donde el desnudo femenino por partida doble intenta suplir una vaciedad total cargadita de diálogos supuestamente naturales a la vez que sesudos, y que ni una cosa ni otra. Aunque ¿quién se sorprende a estas alturas?

Por lo demás, Alejandro González Iñárritu desborda buenas intenciones en la desigual y algo dilatada Biutiful, con un Bardem inmenso que epiloga (¡qué palabra tan bonita!) esa patochada seudo-iniciática y niu eich llamada Come, reza, ama. Abbas Kiarostami nos volvió a aburrir como sólo él sabe hacer con su Copia certificada; y lo mismo hizo Steven Soderbergh con The girlfriend experience (una película que ofrece poco y da menos); Giuseppe Tornatore y su Baaría demuestran que Cinema Paradiso fue un accidente maravilloso e irrepetible; Mel Gibson se convierte en carne de telefilm en la sosísima Al límite; Mi nombre es Khan lleva el drama y la fábula a Bollywood (o al revés) con un mucho ruido y pocas nueces. Peter Jackson se desintoxicó de señores y anillos con la adaptación del bestseller de Alice Sebold The lovely bones; y de Un hombre soltero no recuerdo más que el cartel, así que imaginen lo que me marcó.

Y luego hay una película como las de antes: con un guión clásico, con buenos y malos, con las dosis justas de drama, comedia, acción y sentimentalismo. Sorprendentemente, esta joya maravillosa y emotiva es la tercera parte de una saga que revolucionó el cine de animación y que procede de los únicos estudios cinematográficos que, a día de hoy, nos recuerdan lo mágico y maravilloso que es ir al cine. Hablo de los estudios Pixar y de Toy story 3. Para muchos, la mejor película del año. Y para mí, viendo lo visto, pues también.

Evidentemente, no están todas las que son, pero juro por el tercer hermano Lumiere (que aún sigue dándose cabezazos contra el mostrador de la gestoría que prefirió fundar en vez de asociarse a Auguste y Louis) que son todas las que están.

Hale, que disfruten de las uvas... y recen porque el 2011 nos traiga esa película con la que todos soñamos y nadie ha tenido redaños de hacer todavía.